Al rescate de la atención: una auditoría digital
Por Emilio Sezoro | Episodio: Carne de Bit
Bienvenidos a un nuevo episodio de Carne de Bit. Soy Emilio Sezoro y hoy nos proponemos una misión vital: rescatar nuestra atención.
Tras una serie de episodios que constituyeron un monográfico sobre la relación entre la inteligencia artificial y el trabajo, es momento de cambiar de tercio. Aunque la IA seguirá evolucionando y planteándonos retos, hoy quiero abordar un tema más experiencial. Voy a compartir un experimento personal nacido de la necesidad de resolver un problema que llevamos comentando hace tiempo: el secuestro de la atención por parte del smartphone.
A pesar de que analizo frecuentemente los problemas del uso abusivo de los servicios digitales, nadie es inmune a sus tentaciones. Uno puede pensar que está a salvo, pero acaba cayendo. Aunque mi uso del móvil no es intensivo —mi media ronda las dos horas diarias, gran parte de ellas dedicadas a la navegación por GPS—, me di cuenta de que el problema no radicaba en la cantidad de tiempo, sino en la presencia estratégica del dispositivo.
El smartphone se había colado en las rendijas de mi vida cotidiana. Había ocupado esos momentos muertos que antes dedicábamos a observar el entorno, a pensar o simplemente a dejar que la vida transcurriera. La espera en una cola, el momento previo a que llegue una cita, la pausa para el café… todos esos instantes de «no hacer nada» habían desaparecido, sustituidos por el scroll infinito de noticias, mensajería o videojuegos casuales. Me percaté de que nunca estaba en un sentido puro conmigo mismo; siempre había una mediación digital, una huida del aburrimiento o del silencio. Sentí que había perdido algo valioso y que, de alguna manera, estaba secuestrado voluntariamente por hábitos que no recordaba haber elegido conscientemente.
El intento fallido de la desconexión total
Mi primera reacción fue drástica: me propuse abandonar el smartphone completamente durante una semana. Sin embargo, al planificarlo, me topé con la realidad de nuestra infraestructura vital. Aunque el móvil no es imprescindible para vivir, sí lo es para mantener el estilo de vida actual.
Descubrí barreras infranqueables: los servicios bancarios y la seguridad de mi trabajo dependen del doble factor de autenticación a través de aplicaciones móviles. Además, he centralizado las llamadas de trabajo en el móvil para evitar el teléfono fijo, y la comunicación social y familiar se ha estandarizado casi exclusivamente a través de WhatsApp. Incluso mi rutina deportiva depende del registro de datos biométricos que se sincronizan únicamente con el teléfono. Me di cuenta de que no podía deshacerme del dispositivo sin generar problemas graves en mi operativa diaria.
Sin embargo, llegué a una conclusión reveladora: las aplicaciones funcionales (banca, autenticación, mapas, utilidades deportivas) no eran las culpables. Una calculadora o la app de la DGT no secuestran tu dopamina ni reclaman tu atención constante. El problema residía en el componente «venenoso»: las aplicaciones diseñadas bajo la lógica del scroll infinito.
La purga: convertir el smartphone en herramienta
Entendí que mi misión no era eliminar el móvil, sino purificarlo; convertirlo en el objeto sumamente útil que es, despojándolo de su capacidad de distracción. Así comenzó mi gran auditoría digital.
Eliminé 75 aplicaciones. El criterio fue implacable:
- Limpieza general: Borré todo aquello que no usaba o que solo ocupaba espacio.
- Apps comerciales: Eliminé Amazon, Booking, Wallapop y similares. No necesito comprar desde el móvil; hacerlo en el ordenador favorece una compra más reflexiva y segura. Además, todas estas plataformas replican la lógica del consumo infinito.
- Streaming y vídeo: Fuera Netflix, HBO y similares. Ver cine en una pantalla de pocas pulgadas me parece una experiencia «miserable», indigna de la obra. Respecto a YouTube, al no poder borrarla por ser nativa de Android, la inhabilité para evitar la trampa de los vídeos cortos (Shorts).
- Noticias y lectura: Decidí que no quiero leer artículos de fondo en el móvil. No es el soporte natural ni ergonómico. La lectura en este dispositivo suele estar encadenada a algoritmos que mezclan contenido relevante con publicidad y clickbait.
- Redes Sociales: Eliminé todas las aplicaciones de Meta y otras redes. Si necesito consultar algo puntual, lo hago vía web, evitando la ingeniería conductual de sus aplicaciones nativas.
- Juegos: A pesar de mi afición y trabajo en el sector del videojuego, los títulos móviles —diseñados para la captación masiva de atención y la monetización agresiva— no me interesan. Los eliminé todos.
El resultado: serenidad y recaídas
¿Qué quedó tras la purga? Un dispositivo puramente utilitario: herramientas de captura (cámara, notas de voz), IA para productividad (como Gemini para transcribir notas manuscritas), utilidades financieras, seguridad y comunicación básica con notificaciones estrictamente restringidas.
La experiencia durante esta semana ha sido reveladora, aunque irregular. He cumplido mi objetivo al 90%. La inercia del hábito es poderosa. En los momentos de espera, mi mano buscaba instintivamente el móvil, pero al encontrarlo vacío de entretenimiento, me veía obligado a detenerme. Volví a mirar a la gente, a observar el entorno y a enfrentarme a ese pequeño «miedo al vacío» de no tener nada que hacer. Y fue agradable.
No obstante, hubo trampas. Por ejemplo, viendo una película en casa, la curiosidad sobre un actor me llevó a buscarlo en Google, lo que derivó en una cadena de hiperenlaces que me desconectó de la película. Es fascinante y aterrador cómo el cerebro busca excusas para volver al flujo de información constante.
Conclusión
Esta experiencia no termina aquí; la voy a mantener y perfeccionar. He recuperado los libros en papel para los tiempos muertos y he ganado en serenidad mental. Al eliminar el martilleo continuo de inputs, recuperas la capacidad de estar presente.
La atención es el hilo por el que circula nuestra vida. Si permitimos que nos la roben mediante algoritmos diseñados para generar dopamina, nos están robando la vida misma, porque, en última instancia, vivimos allí donde ponemos nuestra atención.
Espero que esta reflexión os sirva para mejorar vuestra «eficiencia vital» y recordar que la tecnología debe servirnos a nosotros, y no al revés.
