Ya vivíamos aquí. Somos datos

Carne de bit: Ya vivíamos aquí

Carne de bit: Ya vivíamos aquí

Bienvenidos a un nuevo episodio de Carne de bit. Soy Emilio Sáez Soro, y con este programa damos comienzo a una nueva etapa para poner un poco de orden, entender de dónde venimos y analizar hacia dónde nos dirigimos.

Como sabéis, este es un espacio dedicado a la vida virtual y a cómo nos desenvolvemos en todo tipo de entornos digitales, tanto en nuestras relaciones sociales como en el consumo cultural y el entretenimiento. Nuestro ecosistema digital se vuelve cada día más denso, caótico y complejo, una realidad que se ha hecho aún más evidente tras los recientes anuncios sobre los últimos modelos de inteligencia artificial, cuyas asombrosas capacidades me han impulsado a buscarle un sentido a todo lo que ha ocurrido durante estas décadas.

A lo largo de esta serie exploraremos las distintas facetas que conforman nuestra identidad virtual. Aunque nuestro sustento biológico es indudablemente analógico y físico, el peso de lo digital es tan inmenso que la cultura contemporánea ya no podría funcionar sin él.

El nacimiento del dato y el control institucional

Hoy comenzaremos por lo esencial: cómo emerge el dato digital y cómo nuestra propia esencia se ha ido transformando en información pura. Para entender el inicio de la recopilación y el procesamiento masivo de datos, debemos retroceder hasta el Estados Unidos del siglo XIX. En el censo de 1890, Herman Hollerith ideó un sistema electromecánico basado en tarjetas perforadas para procesar información ciudadana. Datos como la edad, el sexo, el estado civil y el lugar de residencia quedaban codificados físicamente a través de agujeros, marcando un hito en el procesamiento de información a gran escala que culminaría en la creación de IBM, la corporación que dominaría el mundo digital durante décadas.

Esta tendencia a acumular información masiva para gobernar y controlar a la ciudadanía encontró un rápido eco en la cultura. La obra 1984 de George Orwell, escrita en 1949, ilustró de forma magistral cómo la vigilancia extrema y el control absoluto de la información sirven para oprimir a la sociedad bajo cualquier dictadura. En su distopía, los monitores vigilan cada movimiento y los ministerios reescriben la realidad a conveniencia del gobierno. Desgraciadamente, la explotación maliciosa de los datos se materializó bajo regímenes totalitarios, y posteriormente, durante la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, el espionaje y la codificación de la información alcanzaron una sofisticación sin precedentes. Figuras como Alan Turing y su trabajo con los primeros ordenadores para descifrar la máquina Enigma demostraron que la información y su procesamiento eran herramientas vitales y estratégicas.

La mercantilización de la información y la irrupción de internet

Llegados a los años setenta, la información dejó de ser un asunto exclusivamente político o militar para convertirse en un lucrativo modelo de negocio. Películas como La conversación (1974), de Francis Ford Coppola, retrataron el surgimiento de una industria en torno al espionaje cotidiano, aplicable tanto a rivalidades empresariales como a conflictos personales. Simultáneamente, las administraciones públicas y las grandes corporaciones comenzaron a informatizar masivamente los datos ciudadanos en inmensos ordenadores centrales.

Ese control institucional generó reflexiones visionarias, como la novela El jinete en la onda del shock (1975) de John Brunner, que anticipó una sociedad atravesada por redes informáticas donde la identidad se define por bancos de datos. Diez años después, la película Brazil de Terry Gilliam retrató magistralmente la alienación kafkiana que sufrimos cuando la maquinaria burocrática valida antes sus propios datos defectuosos que la realidad empírica del ciudadano. Es una situación que aún hoy padecemos: desde perfiles elaborados por Hacienda que presumen fraude por coincidencias circunstanciales, hasta sistemas ciegos ante el contexto real del individuo, obligándolo a demostrar su inocencia ante el error de la máquina.

En la década de los noventa, la popularización de internet transformó el paradigma por completo. Pasamos de aportar datos administrativos estáticos a generar información dinámica sobre nuestras vidas. Con la invención de las cookies en los primeros navegadores web, se empezó a registrar qué películas veíamos, qué comprábamos y cuánto tiempo pasábamos en cada foro o página. Lo que inicialmente parecía una intromisión perversa terminó por normalizarse en favor del interés comercial, permitiendo un rastreo masivo de nuestro comportamiento.

El cuerpo como dato y la toxicidad algorítmica

El salto definitivo llegó con el smartphone, un dispositivo que actúa como una prolongación de nuestro cuerpo y que registra no solo lo que hacemos, sino dónde, cómo y cuándo lo hacemos. Actualmente, esta recolección se ha expandido a la biometría más íntima. Sensores en relojes inteligentes monitorizan nuestra tensión arterial y pulsaciones, mientras que diversas empresas ofrecen análisis genéticos o escanean el iris. El cruce de nuestra actividad administrativa, comercial y biológica otorga al sistema un conocimiento sobre nosotros que, con frecuencia, supera al que tenemos de nosotros mismos.

Esta realidad resuena con clásicos de la ciencia ficción. Gattaca (1997) nos advirtió sobre la segregación social basada en el estatus genético, mientras que Minority Report planteó la predicción del comportamiento humano para anticipar delitos. Hoy, las inferencias predictivas ya son una realidad cotidiana: a partir de nuestros desplazamientos en aplicaciones de mapas o nuestra actividad digital, las aseguradoras y entidades bancarias calculan nuestros riesgos, estiman nuestro poder adquisitivo y deciden las condiciones de nuestros créditos.

Sin embargo, la mayor perversión de este ecosistema radica en las redes sociales. Estas plataformas han logrado que nos convirtamos en productores exhibicionistas de nuestra propia intimidad, compartiendo voluntariamente nuestros odios, deseos y aspiraciones. El verdadero peligro no reside únicamente en la mercantilización de esta información —vendida bajo falsas promesas de gratuidad y comodidad, tal y como advierte la obra El círculo—, sino en el diseño malicioso de sus algoritmos. Para generar adicción y maximizar la retención, las redes sociales fomentan la viralidad del odio y el conflicto, envenenando gravemente la convivencia social y exacerbando la crispación contemporánea de una forma atroz.

Además, la gamificación de la vida ciudadana y la puntuación social, como advirtió la serie Black Mirror en su episodio Nosedive, amenaza con condicionar nuestro acceso a servicios básicos basándose en nuestras interacciones. Afortunadamente, en el ámbito europeo ya están surgiendo iniciativas regulatorias para frenar a las grandes corporaciones, multar prácticas ilegales y proteger nuestra privacidad ciudadana.

Con esta profunda transformación del ciudadano en datos procesables, se construyen los cimientos de nuestra sociedad virtual contemporánea. A lo largo de esta serie, a la que he llamado «Ya vivíamos aquí», seguiremos analizando cómo nuestras vidas se han ido adentrando en el mismísimo escenario que la ciencia ficción llevaba décadas imaginando. Muchas gracias por acompañarme hasta el final; vuestras ideas y aportaciones son, como siempre, bienvenidas en los comentarios. Un abrazo y hasta muy pronto.

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