¿HASTA QUÉ EDAD SE PUEDE CORRER?

Me hago esta pregunta, que puede parecer absurda, pero no lo es. En cierto modo, todos intuimos que es posible correr durante toda la vida. ¿O no? Hay numerosos testimonios de corredores que han mantenido la actividad más allá de los cien años, aunque habría que valorar si completar una maratón en ocho horas es realmente «correr», pero esa es otra conversación. Mi reflexión se centra en algo más íntimo: la capacidad de mantener viva la satisfacción de correr con el paso de los años, de las décadas, de forma indefinida.

En las décadas que llevo corriendo, y ya son bastantes, he tenido crisis en las que sentí que mi trayectoria como corredor había llegado a su fin. Solo la necesidad íntima de recuperar las sensaciones que esta actividad proporciona me llevó a idear todo tipo de estrategias para volver al tajo: a los caminos, a los trotes sin final y a las competiciones, tantas veces abandonadas como retomadas. En la mayoría de las ocasiones, he superado situaciones muy comunes para cualquier corredor: lesiones graves y repetitivas, dificultades para conciliar la carrera con la vida cotidiana, pérdida de motivación y, en ocasiones, simple aburrimiento, la atracción momentánea por otras actividades (escribe aquí la tuya…), enfermedades y cualquier otro obstáculo que se te pueda ocurrir, que pueden ser muchos y muy sorprendentes.

He logrado superar todos los imponderables que han ido apareciendo gracias a una mezcla de tres elementos: la ilusión por volver a estar en movimiento, la nostalgia por las buenas sensaciones que correr implica y una energía que crece en cuanto reinicias la actividad. Este ciclo virtuoso de elementos intangibles es mucho más poderoso que cualquier otra cosa que pueda imaginar.

Sin embargo, este ciclo, tal como yo lo percibo, se vuelve más irregular con el paso del tiempo. La nostalgia crece por motivos obvios, ya que el número de experiencias satisfactorias aumenta (las malas se olvidan con más facilidad). La ilusión, alimentada por la nostalgia y activada por nuevos retos, se va reduciendo porque es más difícil encontrar nuevas experiencias y más fácil caer en la rutina. Y la energía, por una cuestión de pura biología, entra en un paulatino descenso.

Con mis sesenta años, aún mantengo esa tríada en movimiento, retroalimentándola todo lo que puedo para que los motores no se paren. Pero reconozco que, con el paso del tiempo, la tarea se complica. Cuando todo se detiene por los inevitables motivos antes mencionados —que además acaecen con más frecuencia—, volver a poner la maquinaria en marcha resulta cada vez más arduo.

Es evidente que esta teoría es solo un modelo personal que he construido para explicarme a mí mismo este proceso. Cada cual tendrá su propia mecánica interna y externa que lo impulsará o lo detendrá según sus circunstancias. Pero intentar entender qué nos mueve y cómo lo hace tiene una utilidad fundamental: nos permite operar sobre esos mecanismos delicados e invisibles para no detenernos, para encontrar siempre la tecla adecuada que pulsar y salir de un bache, evitando así caer en el agujero negro de la pasividad total, del que es tan difícil salir.

Lo que voy entendiendo es que, mientras mantenga mi tríada de motivaciones en funcionamiento, no dejaré de correr en toda mi vida. El factor más frágil es, obviamente, la energía. Pero si mantienes ese fuego interior encendido, siempre podrás encontrar recursos para superar los imponderables, sean de la naturaleza que sean. Por eso es crucial que esa llama nunca, nunca se apague del todo. Y sí, aunque no corras, hay que mantenerse activo de una forma u otra para que todas las fuerzas vuelvan a converger en tu mente de corredor y encuentres la manera de volver al camino una y otra vez. Aunque solo sea por un día, una semana o una hora.

La vida está en los caminos, y la mejor forma de correr siempre es mantenerse en ellos. Todo lo demás llega por añadidura, pues la mente siempre encuentra la manera de contarse las mejores historias cuando partes de un punto y logras llegar al que deseabas, aunque sea de la forma más torpe imaginable.

Y ahora, respondo a la pregunta que da título a este texto: puedes correr toda la vida si lo deseas, pero tendrás que desearlo con mucha fuerza.

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