¿Cultura material o digital?

Episodio 139. ¿Material o digital? – Carne de Bit

Carne de Bit – Podcast

Episodio 139.
¿Material o digital?

La ilusión de la propiedad y la paradoja de la abundancia digital. Una reflexión de Emilio Sáez Soro.

Bienvenidos a un nuevo episodio de Carne de Bit. Soy Emilio Sáez Soro, y hoy abordaremos una cuestión que nos afecta a todos: nuestros hábitos de consumo en el entorno virtual. En este preciso momento, tengo abierto en mi pantalla el juego Civilization V, un título adquirido a través de la plataforma Steam. Curiosamente, jamás he poseído este juego en formato físico, una situación que comparto con la inmensa mayoría de las obras a las que dedico mi tiempo. Nuestra realidad actual es que acumulamos innumerables bienes que solo existen, o al menos solo se manifiestan, cuando accedemos a ellos a través de una pantalla. Nuestras estanterías y cajones ya no albergan los soportes físicos de nuestro entretenimiento.

Como es bien sabido por los usuarios de Steam, los juegos adquiridos en esta plataforma no nos pertenecen en un sentido estricto. Disfrutamos de una licencia de uso sujeta a la existencia de la propia plataforma y a sus políticas internas, las cuales podrían obligar a la empresa a retirar esos títulos en cualquier momento. Esta falta de propiedad real se extiende a otros servicios contemporáneos; tampoco somos dueños de la música o de las películas que consumimos, a pesar de tener un acceso ilimitado a través de plataformas audiovisuales como Spotify o YouTube Music. La pregunta inevitable es: ¿resulta esta circunstancia necesariamente negativa?

Personalmente, me inclino a pensar que la noción de propiedad es, en sí misma, una concepción provisional. Podemos poseer títulos de propiedad sobre bienes inmuebles o grandes inversiones que nos han costado tiempo y dinero, pero nuestra titularidad es efímera, limitada a nuestro tiempo de vida. La propiedad física está sometida al deterioro y a la eventual desaparición. Quienes hemos vivido la evolución tecnológica recordamos bien cuántos soportes físicos se han arruinado en nuestras manos. Los discos se rayaban y las cintas de casete de ordenadores como el Amstrad terminaban desgastándose por el uso continuado, impidiendo la lectura de los datos y clausurando el acceso al juego.

A este desgaste físico se suma la implacable obsolescencia técnica o temporal. Conservo juegos en sus cajas originales que hoy resultan injugables; las consolas para las que fueron diseñados pasaron a mejor vida en plantas de reciclaje, y los ordenadores actuales, a pesar de la cacareada retrocompatibilidad y los controladores modernos, son incapaces de ejecutarlos. Paradójicamente, el formato digital ofrece soluciones a este problema. El Civilization V al que juego en este momento no es la entrega más reciente de la saga, y sin embargo, la plataforma organiza el software para garantizar su funcionamiento en equipos contemporáneos, como mi Mac, para los cuales el juego no fue programado originalmente. En este sentido, la capacidad de preservar el uso de obras antiguas supera a la del formato físico, desmintiendo de forma rotunda el mito de que la posesión analógica garantiza la perpetuidad de los contenidos.

Esta fragilidad física es aún más evidente en formatos como la música. Los reproductores de vinilos o casetes requieren un mantenimiento constante; sus frágiles mecanismos de precisión y poleas de caucho se deterioran rápidamente, y los recambios son a menudo inaccesibles o imposibles de sustituir. Es indudable que el vinilo posee un innegable romanticismo y una calidez sonora particular, erigiéndose como un objeto cultural y estético muy superior al rudimentario casete e incluso al CD. No obstante, los discos se desgastan con el uso, sufriendo saltos que interrumpen la escucha y convierten la experiencia en un proceso tedioso. Aunque las modas respondan a criterios emocionales más que racionales, la flexibilidad funcional del formato físico siempre ha sido limitada.

«Resulta necesario, por tanto, desmitificar la infalibilidad de los soportes físicos, incluso de aquellos tan aparentemente estables como el libro impreso.»

Si bien un ejemplar bien conservado puede perdurar siglos, la acumulación literaria acarrea sus propias servidumbres. Cuando una biblioteca personal supera el millar de volúmenes, el espacio doméstico sufre una asimetría que roza lo monstruoso en relación con la utilidad real que se extrae de ese papel. La realidad es que releemos muy pocos libros a lo largo de nuestra vida, y nuestras estanterías terminan repletas de obras inacabadas, regalos comprometidos o lecturas que las futuras generaciones, centradas en sus propios intereses, jamás heredarán.

Aclaro que amo los libros; yo mismo los escribo y los considero objetos entrañables. Reencontrarte con un ejemplar subrayado y marcado con cariño es revivir un afecto profundo, casi como un amor literario. Sin embargo, ese vínculo reside en el contenido, no en el objeto en sí. Aunque la experiencia funcional y sensorial de la lectura varíe entre el papel y la pantalla, el acto intelectual de asimilar ideas y cultura es idéntico. Conservar cerca aquellos textos que genuinamente nos han transformado es lógico, pero la acumulación indiscriminada convierte la propiedad en una carga más que en una virtud. Es aquí donde el formato digital gana por goleada, ofreciendo una utilidad innegable para obras de consulta, guías o entretenimiento ligero, accesibles hoy desde cualquier dispositivo con pantalla.

(Hago un breve paréntesis narrativo: Grecia y Brasil acaban de declararme la guerra en Civilization y me liquidarán en dos ratos).

Retomando la visión analítica, nos encontramos en una época de desembarco masivo de servicios culturales. Esta transición beneficia enormemente a las corporaciones, dado que los costes marginales de distribuir copias digitales son insignificantes frente a los del mercado físico. A pesar de ello, ciertas industrias tradicionales se resisten al cambio, protegiendo sus infraestructuras mediante estrategias conservadoras, como vender libros electrónicos casi al mismo precio que las ediciones analógicas de bolsillo. No obstante, la evolución es imparable, y estas mismas editoriales se ven obligadas a sumergirse en mercados emergentes como el del audiolibro para no perder relevancia.

Ante este panorama, mi postura busca lo mejor de ambos mundos. Consumo abundante literatura en digital, pero adquiero en papel aquellas obras que deseo conservar. En la actualidad, el libro físico ha adquirido un cariz preciosista; vemos ediciones de literatura fantástica con encuadernaciones exquisitas y lomos pintados que trascienden el producto cultural para convertirse en auténticas obras de arte decorativas. Al igual que los gigantescos libros de Taschen que adornaban las mesas en los años noventa como símbolo de estatus intelectual, hoy los libros físicos actúan, en gran medida, como señalización cultural en nuestros hogares. Nos sirven para proyectar quiénes somos y cómo pensamos, una evolución evidente si lo comparamos con las casas de nuestra infancia, donde la presencia literaria se reducía a una Biblia, alguna revista profesional y algún tebeo.

Paralelamente, el paradigma del usuario está mutando hacia el modelo de suscripción, difuminando la frontera entre propietario y consumidor. En el ámbito de los videojuegos, donde la alta curva de aprendizaje y el precio de lanzamiento suponen una barrera de entrada y un riesgo económico considerable, el acceso a un catálogo masivo por una cuota baja resulta tremendamente tentador. Sin embargo, esta inmensidad de opciones genera un problema colateral. La conciencia del coste de oportunidad nos impide comprometernos con una sola obra, atormentados por la idea de estar perdiéndonos miles de alternativas disponibles en nuestra suscripción.

Esta misma dinámica se replica en el cine y la televisión. Pasamos horas navegando con el mando, incapaces de elegir a qué dedicar nuestro tiempo. Somos víctimas de la economía de la atención y del miedo a perdernos algo (el conocido FOMO), lo que nos empuja a una ansiedad estúpida donde nos ahogamos en nuestra propia abundancia sin llegar a disfrutarla. Nuestro tiempo diario y nuestras energías son limitados. La multitarea es un mito —somos sistemas de única línea intercalada— y nuestra capacidad para asimilar productos culturales es finita.

Durante mi adolescencia, a finales de los setenta y principios de los ochenta, mi gran obsesión era la música; era el motor que me mantenía ilusionado en una etapa ciertamente gris. Pasaba horas en las tiendas escuchando vinilos en los tocadiscos habilitados, o asistiendo a maravillosas sesiones de audición en la biblioteca del Instituto San Roque de Benicalap, en Valencia, donde podíamos disfrutar de los grupos modernos en equipos de alta fidelidad que ninguno poseíamos en casa. La escasez y la dificultad de acceso hacían que cada canción se viviera con una intensidad central y profunda; cada disco y cada melodía palpitaban con su propia historia.

Si en aquel entonces alguien me hubiera pronosticado que tendría acceso instantáneo a toda la discografía del mundo por el precio equivalente a unos helados, habría creído que deliraba. Hoy esa utopía es real. Sin embargo, cuando recibo el reporte mensual informándome de que he escuchado a más de mil setecientos artistas, soy consciente de que no los he disfrutado con la misma atención. A pesar de contar con equipos excelentes, la música se ha convertido a menudo en un ruido de fondo que me acompaña, y solo recupero aquella conexión primordial durante los conciertos en directo.

En conclusión, como sociedad e individuos, carecemos de las herramientas para gestionar esta sobreabundancia. Sigo defendiendo que no necesitamos la propiedad física total de las cosas, pues resulta ser una entelequia logística. El verdadero reto consiste en aprender a habitar la cultura contemporánea —ya sean juegos, literatura, cine o música— con el mismo enfoque, devoción y atención con los que la experimentábamos en el pasado, pero aprovechando inteligentemente los extraordinarios recursos digitales del presente.

Esta es mi reflexión. Espero que alguien se anime a compartir la suya. De todas maneras, seguiremos escuchándonos. No paséis mucho calor, que paséis un buen verano y recibid un fuerte abrazo.

El Gran Cambio de Paradigma

Una representación conceptual del volumen de consumo cultural (Físico vs. Digital) a lo largo de las décadas.

95%
5%
1990s
60%
40%
2005s
15%
85%
Actualidad
Consumo Físico
Consumo Digital

* Datos conceptuales para ilustrar la reflexión del episodio.

Hitos de la Desmaterialización

Explora los momentos clave que transformaron nuestra relación con la propiedad cultural. Haz clic en los años para descubrir más.

1999

Napster y la Revolución MP3

Ver más ▼

2003

Steam y la Propiedad como Licencia

Ver más ▼

2007

Kindle y la Lectura Invisible

Ver más ▼

2008+

La Era de la Suscripción (Spotify/Netflix)

Ver más ▼

© Carne de Bit – Emilio Sáez Soro. Todos los derechos reservados.

Scroll al inicio